Manuela Sáenz: la libertadora del Libertador
La noche del 25 de septiembre de 1828, un grupo de conspiradores armados irrumpió en el Palacio de San Carlos, en Bogotá, con la orden de matar a Simón Bolívar. Asesinaron al centinela, dominaron la guardia y avanzaron hacia el dormitorio del Libertador al grito de "muera el tirano". Quien los enfrentó primero, espada en mano, fue una mujer: Manuela Sáenz. Ella despertó a Bolívar, lo obligó a saltar por la ventana y luego encaró a los atacantes para ganar tiempo. Al reencontrarse, Bolívar le dijo: "Tú eres la Libertadora del Libertador".
Nacida fuera de las reglas
Manuela Sáenz nació en Quito el 27 de diciembre de 1797. Fue hija ilegítima de Simón Sáenz Vergara, funcionario español de la Real Audiencia de Quito, y de Joaquina Aizpuru, una dama quiteña. Su condición de hija natural la marcó desde el principio: nació fuera del matrimonio en una sociedad que castigaba esa circunstancia con el estigma social.
Su madre murió cuando Manuela era niña. Fue entregada al monasterio de Santa Catalina, donde aprendió a leer, escribir y rezar bajo la tutela de monjas. Luego pasó a la casa de su padre, con su madrastra y medio hermanos. A pesar de las limitaciones impuestas a las mujeres de la época, Manuela leyó a los clásicos griegos y a autores franceses, aprendió francés e inglés, y se convirtió en una amazona diestra.
En 1817, por decisión de su padre, se casó con el comerciante inglés James Thorne en Lima. El matrimonio fue pactado: Sáenz entregó 8.000 pesos de dote. Manuela aceptó por obediencia filial, pero ya había abrazado la causa independentista.
Conspiradora antes de conocer a Bolívar
La participación de Manuela Sáenz en la independencia no empezó con Bolívar. Empezó en Lima, donde vivía con Thorne. Allí entró en contacto con redes de patriotas criollos y realizó una de sus primeras acciones de peso: convenció a su medio hermano, el capitán José María Sáenz, que servía en el batallón Numancia del ejército realista, para que desertara con todo su regimiento y se pasara al bando patriota.
Por esa acción fue condecorada con la Orden del Sol el 23 de enero de 1822, antes de conocer personalmente a Bolívar.
Su encuentro con el Libertador ocurrió en Quito, en junio de 1822, tras la Batalla de Pichincha. Comenzó entre ellos una relación sentimental y política que duraría hasta la muerte de Bolívar en 1830. Manuela dejó a Thorne. Abandonó la vida cómoda de esposa de un comerciante acaudalado para seguir a Bolívar por los campos de batalla.
Soldada, espía y edecán
Manuela Sáenz no fue una acompañante pasiva. Vistió uniforme militar, aprendió a manejar armas de fuego, montó a caballo en campaña y desarrolló labores de espionaje para los ejércitos patriotas. Participó en operaciones militares reales.
Estuvo presente en la Batalla de Ayacucho el 9 de diciembre de 1824, la batalla que puso fin al dominio español en Sudamérica. Fue nombrada edecán y tuvo bajo su custodia documentos y correspondencia del Libertador. No era un cargo simbólico: Manuela organizaba, archivaba y protegía información militar sensible.
En Lima, cuando una facción del ejército se sublevó y se negó a cumplir la nueva Constitución, Manuela se enfrentó a los amotinados defendiendo la posición de Bolívar. Su conducta rompía todas las normas de la época. No pedía permiso para actuar. No esperaba instrucciones. Tomaba decisiones propias en contextos de riesgo.
La noche septembrina: 25 de septiembre de 1828
La escena más conocida de la vida de Manuela Sáenz ocurrió en Bogotá. Bolívar, que había asumido poderes dictatoriales para frenar la desintegración de la Gran Colombia, enfrentaba una oposición creciente. Un grupo vinculado a Francisco de Paula Santander organizó un atentado.
A medianoche, los conspiradores asaltaron el Palacio de San Carlos. Mataron al centinela y a un cabo de guardia. Hirieron a sablazos al edecán Andrés Ibarra, que salió casi desnudo a enfrentarlos. El coronel inglés William Ferguson, otro edecán, fue asesinado.
Manuela estaba en el dormitorio de Bolívar. Al oír el tumulto, despertó al Libertador, lo ayudó a vestirse y lo convenció de saltar por la ventana hacia la calle. Bolívar quería quedarse a pelear con su pistola y su sable. Manuela lo persuadió de huir.
Una vez que Bolívar escapó, Manuela salió al encuentro de los atacantes con una espada. Los enfrentó, los distrajo, les dijo que el Libertador estaba en un salón contiguo. Los conspiradores, al verse engañados, la insultaron y la golpearon con el canto de las espadas. Los efectos de la golpiza duraron doce días.
Bolívar pasó la noche escondido bajo un puente. Al amanecer, cuando la conspiración había sido sofocada, regresó al palacio. Fue entonces cuando pronunció la frase que definió a Manuela para la historia.
Después de Bolívar: exilio y olvido
Bolívar murió el 17 de diciembre de 1830 en Santa Marta. Manuela quedó sola, sin protección política y rodeada de enemigos. La Gran Colombia se disolvía. Los adversarios de Bolívar controlaban el poder en las nuevas repúblicas.
En 1834, fue expulsada de Bogotá. Intentó regresar a su Quito natal, pero el gobierno ecuatoriano también la desterró. Terminó instalándose en Paita, un pequeño puerto pesquero en el norte del Perú. Allí vivió sus últimos veintiún años en condiciones modestas, sostenida por una pensión que a veces llegaba y a veces no.
A pesar del aislamiento, Paita recibió visitantes notables que buscaban a Manuela. El nacionalista italiano Giuseppe Garibaldi pasó por allí. También el escritor Herman Melville, autor de Moby Dick. Y Simón Rodríguez, el viejo maestro de Bolívar. Manuela conservó hasta el final las cartas que Bolívar le había escrito.
Murió el 23 de noviembre de 1856, a los 59 años, víctima de una epidemia de difteria que azotó Paita. Su cuerpo fue incinerado junto con sus pertenencias por razones sanitarias. Las cenizas fueron depositadas en una fosa común. El poeta chileno Pablo Neruda le dedicó un poema: "La insepulta de Paita".
El reconocimiento tardío
La historiografía del siglo XIX se encargó de borrar a Manuela Sáenz. Para los historiadores oficiales de la época, era una "mancha" en la biografía del Libertador: una mujer que había abandonado a su marido, que vestía uniforme militar, que tomaba decisiones políticas. Todo lo que una mujer "no debía" hacer.
Recién en el siglo XX comenzó la reivindicación. En 1944, Alfonso Rumazo González publicó la primera biografía completa de Sáenz. Con el tiempo, la figura de Manuela pasó de "amante de Bolívar" a heroína de la independencia con méritos propios.
En julio de 2010, restos simbólicos de Manuela Sáenz fueron trasladados al Panteón Nacional de Venezuela, donde reposan junto a los de Bolívar. Fue un reconocimiento que llegó 154 años después de su muerte.
Datos clave para recordar
- Nació el 27 de diciembre de 1797 en Quito. Murió el 23 de noviembre de 1856 en Paita, Perú.
- Fue condecorada con la Orden del Sol en 1822 por lograr la deserción del batallón Numancia del ejército realista.
- Participó en la Batalla de Ayacucho (1824) y fue edecán de Bolívar.
- Salvó la vida de Bolívar durante la Conspiración Septembrina (25 de septiembre de 1828).
- Bolívar la llamó "la Libertadora del Libertador".
- Fue desterrada de Bogotá y de Quito tras la muerte de Bolívar.
- Vivió sus últimos 21 años en Paita, Perú, en condiciones modestas.
- Sus restos simbólicos ingresaron al Panteón Nacional de Venezuela en 2010.
Vigencia actual
Manuela Sáenz es hoy una figura reconocida como símbolo del papel de las mujeres en la independencia hispanoamericana. Su historia expone una realidad incómoda: las mujeres que participaron en las guerras de emancipación fueron fundamentales durante el conflicto y descartadas cuando llegó la hora de repartir el poder y escribir la historia.
En Venezuela, Ecuador, Colombia, Perú y Bolivia, su nombre aparece en calles, plazas e instituciones. En Quito, el Museo Manuela Sáenz preserva su memoria. En Caracas, el Panteón Nacional le reserva un lugar junto a Bolívar.
Pero más allá de los homenajes formales, la historia de Manuela Sáenz obliga a una pregunta directa: ¿cuántas otras mujeres de la independencia quedaron borradas de los libros? Conocer a Manuela es el primer paso para buscar las respuestas que la historiografía oficial todavía debe.