Francisco de Miranda: el precursor que Venezuela no pudo enterrar

Cenotafio de Francisco de Miranda en el Panteón Nacional de Caracas, con el sarcófago abierto custodiado por un águila de mármol

En el Panteón Nacional de Caracas hay un monumento con las puertas abiertas y un sarcófago que nadie ocupa. Un águila de mármol custodia esa tumba vacía. Lleva más de un siglo esperando los restos de Francisco de Miranda, nacido el 28 de marzo de 1750 en Caracas y muerto el 14 de julio de 1816 en una prisión de Cádiz. Miranda peleó en tres revoluciones, recorrió cuatro continentes, diseñó la bandera tricolor y firmó el Acta de Independencia. Pero Venezuela nunca pudo recuperar sus huesos.

Un caraqueño que no cabía en la Colonia

Sebastián Francisco de Miranda y Rodríguez Espinoza nació en el seno de una familia incómoda para la sociedad colonial. Su padre, Sebastián de Miranda Ravelo, era un comerciante canario. Su madre, Francisca Antonia Rodríguez de Espinoza, era caraqueña. Los mantuanos —la élite criolla— despreciaban el oficio del padre y le disputaron el derecho a ocupar el cargo de capitán del batallón de Milicias de Blancos de Caracas.

Esa hostilidad marcó al joven Miranda. A los doce años ingresó a la Universidad de Caracas, donde estudió latín, gramática y catecismo. Pero antes de cumplir los veintiuno ya tenía claro que su horizonte no cabía en la provincia. El 25 de enero de 1771 se embarcó hacia España, decidido a hacer carrera militar.

En el ejército español ascendió rápido. Participó en la defensa de Melilla en 1774 y fue destinado a Cuba como capitán del Regimiento de Aragón. Allí empezó a entrar en contacto con las ideas de la Ilustración y con las corrientes que sacudían el orden colonial. También empezó a despertar sospechas entre sus superiores españoles.

Tres revoluciones en tres continentes

Lo que hace excepcional a Miranda no es solo su ideario. Es que puso el cuerpo en los tres grandes sacudones de su época: la independencia de Estados Unidos, la Revolución Francesa y la lucha por la emancipación hispanoamericana.

La independencia norteamericana

En 1781, Miranda participó en la batalla de Pensacola, en Florida, donde las tropas españolas —aliadas circunstanciales de los independentistas— derrotaron a los británicos. Fue una experiencia formativa. Desde allí viajó a Estados Unidos, donde se entrevistó con George Washington y con el marqués de La Fayette. Esas conversaciones alimentaron una convicción que ya no lo abandonaría: si las colonias inglesas podían ser libres, las españolas también.

La Revolución Francesa

Miranda llegó a Francia en plena efervescencia revolucionaria. En agosto de 1792, el gobierno francés lo nombró Mariscal de Campo, equivalente a general de brigada. Necesitaban oficiales con experiencia real y Miranda la tenía de sobra.

El 20 de septiembre de 1792 llegó su momento más célebre en suelo europeo: la Batalla de Valmy. Un ejército francés compuesto en gran parte por soldados novatos logró frenar el avance prusiano, considerado entonces el mejor del continente. Miranda comandó una de las divisiones clave. Esa victoria salvó a la República francesa en su primer año de existencia.

Su actuación le valió un reconocimiento que perdura. Su nombre fue grabado en el Arco del Triunfo de París, dentro de la lista de los generales más destacados de la Revolución y del Primer Imperio. Es el único nombre no europeo en ese monumento. También se conserva su retrato en el Palacio de Versalles y una estatua suya en el campo de batalla de Valmy.

La expedición a Venezuela

Miranda nunca perdió de vista su objetivo mayor: liberar a Hispanoamérica. Desde Londres conspiró durante años, buscó apoyos del gobierno británico y redactó planes constitucionales para una América unida, desde México hasta la Patagonia.

En 1806 lanzó dos expediciones militares contra las costas venezolanas. La primera, a bordo del bergantín Leander, partió desde Nueva York. Fracasó tras un combate naval frente a Ocumare el 28 de abril, cuando barcos españoles capturaron dos de sus embarcaciones. Miranda reorganizó sus fuerzas en Barbados y Trinidad.

La segunda expedición tuvo un logro simbólico de enorme peso. El 3 de agosto de 1806, Miranda desembarcó en La Vela de Coro, tomó el fortín y ondeó por primera vez la bandera tricolor —amarillo, azul y rojo— que él mismo había diseñado. La población local no se sumó a la causa. Miranda tuvo que retirarse. Pero la bandera quedó.

La Primera República y la caída

Miranda regresó a Venezuela a finales de 1810, convocado por Simón Bolívar y Andrés Bello durante su misión diplomática en Londres. Se unió a la Sociedad Patriótica, el grupo que presionó al Congreso para declarar la independencia.

El 5 de julio de 1811, Venezuela proclamó su independencia. Miranda firmó el Acta. Además, su ideario inspiró una de las estrofas del Himno Nacional: "Unida con lazos que el cielo formó, la América toda existe en Nación".

Pero la República recién nacida enfrentó desastres en cadena: terremotos, deserciones, avances realistas. En abril de 1812, Miranda fue nombrado Generalísimo con poderes extraordinarios. Tenía pocos recursos, oficiales reticentes y un territorio que se desmoronaba. En Puerto Cabello, un motín de prisioneros realistas sorprendió a Bolívar, que estaba a cargo de la plaza. Fue una derrota decisiva.

Miranda negoció un armisticio con el jefe realista Domingo de Monteverde en julio de 1812. Fue su sentencia. Bolívar y otros oficiales lo consideraron traidor. En la madrugada del 30 al 31 de julio, un grupo de militares y civiles —entre ellos el propio Bolívar— lo arrestó en La Guaira. La exclamación de Miranda al ser detenido pasó a la historia: "Bochinche, bochinche".

Los realistas se hicieron cargo del prisionero. Lo enviaron a Puerto Cabello, luego a Puerto Rico y finalmente a España.

Muerte en La Carraca y la tumba perdida

Miranda pasó sus últimos años encerrado en el penal de las Cuatro Torres, dentro del arsenal de La Carraca, en San Fernando, cerca de Cádiz. Intentó escapar por todos los medios: gestiones legales, contactos con amigos en Londres e Inglaterra, planes clandestinos. Estaba a punto de lograrlo cuando sufrió dos accidentes cerebrovasculares que lo dejaron postrado.

En la madrugada del 14 de julio de 1816, Miranda murió de un ataque de apoplejía. Tenía 66 años. El comandante del penal reportó su deceso con sequedad burocrática: "En la noche del sábado próximo pasado falleció en el presidio de muerte natural el reo D. Francisco Miranda".

Sobre el destino de su cuerpo no hay certeza. Algunos documentos indican que fue sepultado en el cementerio del arsenal. Otros sugieren que lo envolvieron en su colchón y lo arrojaron a la zona fangosa de los alrededores, que quedaba cubierta con la marea. Lo que sí se sabe es que terminó en una fosa común.

En 1972, los restos de esa fosa fueron exhumados. Un estudio antropológico separó 14 huesos que podían corresponder a Miranda por antigüedad, peso y talla, de entre los restos de 19 cadáveres. Desde entonces, esos huesos se conservan en un arcón dentro de la celda donde Miranda estuvo preso. La Universidad de Granada emprendió análisis de ADN comparándolos con los restos de su hijo Leandro Miranda, exhumados en París. Hasta la fecha, no se ha logrado una identificación concluyente.

El cenotafio del Panteón: la tumba que espera

El 22 de enero de 1894, el presidente Joaquín Crespo ordenó por decreto la construcción de un cenotafio —una tumba simbólica, sin cuerpo— para Miranda en el Panteón Nacional. El escultor italiano Julio Roversi diseñó un monumento de 7 metros de altura que ocupa todo el ancho de la nave derecha del recinto.

El cenotafio fue inaugurado el 5 de julio de 1896, con un desfile presidido por Crespo. Su diseño es deliberadamente incompleto. Las puertas del mausoleo están abiertas. El sarcófago que descansa frente al monumento está parcialmente destapado, como si alguien acabara de levantarse o estuviera por llegar. Un águila lo custodia.

A los pies del monumento, una placa dice:

"Venezuela llora por el dolor de no haber podido hallar los restos del General Miranda, que han quedado perdidos en la huesa común de la prisión en que expiró este gran mártir de la libertad americana."

Es uno de los cuatro cenotafios del Panteón Nacional. Los otros tres corresponden a Antonio José de Sucre (cuyos restos están en la Catedral de Quito), Andrés Bello (enterrado en Santiago de Chile) y Guaicaipuro (cenotafio simbólico añadido en 2001).

Datos clave para recordar

  • Nació el 28 de marzo de 1750 en Caracas. Murió el 14 de julio de 1816 en La Carraca, Cádiz.
  • Participó en la independencia de Estados Unidos (Batalla de Pensacola, 1781), la Revolución Francesa (Batalla de Valmy, 1792) y la guerra de independencia de Venezuela.
  • Su nombre está grabado en el Arco del Triunfo de París. Es el único nombre no europeo en ese monumento.
  • Diseñó la bandera tricolor venezolana, izada por primera vez en La Vela de Coro el 3 de agosto de 1806.
  • Fue nombrado Generalísimo de Venezuela en abril de 1812, con poderes extraordinarios.
  • Su cenotafio en el Panteón Nacional fue inaugurado el 5 de julio de 1896. Sigue vacío.
  • Se le conoce como "el primer venezolano universal" y "el precursor" de la independencia hispanoamericana.
  • Reunió un archivo personal de 63 volúmenes encuadernados con documentos, cartas y registros de sus viajes.

Cómo se conmemora hoy

El legado de Miranda está disperso por el mundo, como lo estuvo su vida. En Caracas, el cenotafio del Panteón Nacional sigue siendo el punto de referencia principal. El municipio donde queda el Panteón lleva el nombre de Libertador, pero un estado completo —Miranda— lleva el suyo, al igual que decenas de plazas, avenidas y municipios en todo el país.

En Francia, su nombre permanece en el Arco del Triunfo. En Valmy hay una estatua suya. En Versalles, su retrato. En San Fernando, Cádiz, el arsenal de La Carraca conserva la celda donde murió y el arcón con los huesos que podrían ser suyos.

El 28 de marzo se recuerda su natalicio. El 14 de julio, su muerte —una fecha que comparte, por azar, con la toma de la Bastilla, el evento que abrió la revolución en la que él mismo peleó.

En las escuelas venezolanas se estudia su biografía, pero su figura suele quedar opacada por la de Bolívar. Miranda fue el maestro del que Bolívar aprendió, el primer conspirador de largo aliento, el que conectó la causa americana con las potencias europeas. Bolívar lo llamó "el más ilustre colombiano". Pero también participó en su arresto.

El precursor que nadie terminó de reivindicar

Miranda soñó con una América unida que llamó Colombia —nombre que Bolívar retomó para la Gran Colombia—. Redactó constituciones, trazó mapas políticos, se reunió con jefes de Estado de medio mundo. Combatió en África, Europa y América. Habló varios idiomas. Acumuló una de las bibliotecas personales más grandes de su época.

Y sin embargo, murió preso, traicionado por los suyos, enterrado sin nombre en una fosa ajena. Su país le dedicó una tumba vacía con las puertas abiertas. Esa imagen —el sarcófago listo, el águila vigilante, el hueco sin llenar— quizá sea el mejor retrato de Miranda: un hombre cuya historia sigue incompleta, esperando que alguien la cierre.

Si pasas por el Panteón Nacional, detente frente al cenotafio de la nave derecha. Lee la placa. Piensa en el caraqueño que peleó en Valmy, izó una bandera en Coro y murió mirando el mar desde una celda en Cádiz. Su tumba sigue abierta. Su historia merece que la conozcas completa.

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